JUEGO DE OJOS
Miguel Ángel Sánchez de Armas
Los libros se escriben para ser publicados. Unos para enseñar, algunos para ajustar cuentas y no pocos para ganar dinero. Pero existe una clase mucho más rara e interesante: los libros que alguien escribe para sobrevivir … aunque no necesariamente para conservar la vida.
Un ejemplo prodigioso nos lleva quince siglos atrás, a Ticinum en el norte de Italia, la ciudad hoy llamada Pavía. Es el lunes 13 de octubre del año 525 en el calendario juliano. La mañana del otoño lombardo es fría y la niebla cubre el Tesino. En un calabozo de la torre del baptisterio, un hombre aguarda la llegada del verdugo que habrá de quitarle la vida.
Se llama Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio. Pertenece a una de las grandes familias de la aristocracia romana. Conoció el poder, los honores, la riqueza y la cercanía de un rey antes de perder sus cargos, sus bienes y su libertad. Hoy lo único que conserva es la pluma.
Lo vemos en la semioscuridad de su celda: moja con cuidado el cálamo en una vasija de tinta negra de hollín y goma. Escribe despacio sobre una hoja de pergamino áspero. Es un personaje poco común. Domina el griego que ya es casi memoria en Occidente. Conoce íntimamente a Platón y a Aristóteles y en sus tiempos de mando emprendió una formidable empresa intelectual: traducir al latín el pensamiento filosófico helénico y transmitirlo a las generaciones siguientes.
Pero cometió el error de acercarse demasiado al poder. En la corte del rey Teodorico ocupó los cargos más importantes y tuvo prestigio, influencia, patrimonio y autoridad … hasta que Fortuna giró su rueda. Fue acusado de traición, encarcelado y condenado a muerte. ¿De qué le habían servido la virtud, el estudio y el servicio al reino si terminó en una celda esperando al verdugo?
Allí comienza La consolación de la filosofía. En la celda, Boecio está abatido y escribe versos preñados de dolor. Las musas de la poesía lo acompañan y alimentan su tristeza. Entonces ocurre algo alucinante: una mujer entra a su mazmorra. No llega para compadecer al preso. Lo primero que hace es expulsar a las musas. Considera que su presencia no cura al enfermo sino agrava su mal.
No es una mujer ordinaria. En el primer momento parece de estatura humana y en el siguiente su cabeza alcanza el cielo. Viste una túnica con las letras pi en el ruedo y theta en el corpiño. En una mano lleva libros y en la otra un cetro. ¡Es Filosofía! Se sienta junto a Boecio y comienza a interrogarlo.
La escena tiene mil quinientos años y conserva una sorprendente frescura. Un hombre que cree haberlo perdido todo recibe la visita de quien le pregunta si realmente poseía aquello que ahora lamenta haber perdido. Este es el punto de partida de uno de los libros más extraordinarios de la cultura occidental.
Filosofía no aparece para consolar a Boecio por la injusticia sufrida, y tampoco para anunciarle que un indulto le será extendido en el último minuto o que Teodorico se presentará arrepentido y lo restituirá en cargos y propiedades.
No. Se presenta para algo violento e incómodo: examinar la naturaleza de lo que llama desgracia. Boecio había sido rico. Había tenido poder. Había recibido honores. Disfrutó de la amistad del rey y perteneció a la minoría privilegiada que gobernaba Italia. Pero todas esas prendas tenían algo en común: podían desaparecer. Y desaparecieron.
Filosofía explica que Fortuna no permanece quieta, pues su naturaleza consiste precisamente en cambiar. Quien acepta sus dones cuando sube no puede clamar ¡traición! cuando comienza a bajar. Esta es la razón por la que La consolación sobrevivió tantos siglos. No es necesario estar encerrado esperando la ejecución para conocer esa rueda.
Una enfermedad. Una quiebra. La pérdida del empleo. Una derrota política. La desaparición de una persona querida. El envejecimiento. Una llamada telefónica que llega de madrugada. Hay momentos en que la vida parece dividirse en dos partes: la que existía antes de una noticia y la que comenzó después.
Boecio se hace preguntas que nos inquietan al día de hoy: ¿por qué los buenos sufren mientras los perversos prosperan? Si existe un orden, ¿por qué gobierna el desorden? Si la virtud es un bien, ¿por qué no protege a quien la practica? Si Dios conoce cuanto sucederá, ¿somos realmente libres? Y si somos libres, ¿cómo puede Dios conocer de antemano nuestras decisiones?
El diálogo avanza desde las quejas inmediatas de un preso hasta problemas que siguen ocupando a filósofos y teólogos: la naturaleza de la felicidad, el mal, el destino, la providencia, el tiempo y el libre albedrío.
Pero quizá no sean las respuestas lo más importante. Lo admirable es el lugar desde donde fueron formuladas las preguntas. Boecio no escribió La consolación en una biblioteca rodeado de discípulos. La escribió en una celda después de descubrir que el poder político podía despojarlo de casi todo.
Casi. Esta es la palabra clave. Podía quitarle su posición, confiscar sus bienes, separarlo de su familia, encerrarlo e incluso disponer de su cuerpo. Pero había un territorio fuera de la jurisdicción del poder: la conciencia. Boecio todavía podía dialogar consigo mismo.
Y si vemos a Boecio dejar su testimonio a la humanidad futura, comprendemos por qué a partir de él se extiende una larga estirpe de hombres que se negaron a guardar silencio entre los muros de una prisión. Marco Polo dictó sus viajes en una cárcel genovesa; fray Luis de León escribió cuando la Inquisición lo puso tras barrotes por traducir al castellano el Cantar de los Cantares; Cervantes aseguró que el Quijote había sido engendrado en una cárcel. Galileo, sospechoso de herejía por el Santo Oficio, siguió su obra bajo arresto domiciliario.
Defoe pagó con cárcel su ensayo El camino más corto con los disidentes y se mofó de la condena con un Himno a la picota. Miguel Hidalgo escribió en los muros de la prisión décimas a los carceleros que lo trataron con respeto. Oscar Wilde compuso De profundis en la prisión de Reading; Gramsci trabajó sus Cuadernos en las cárceles fascistas; Miguel Hernández escribió Nanas de la cebolla en la cárcel de Torrijos; José Revueltas concibió El apando en Lecumberri, Ngũgĩ wa Thiong’o redactó El diablo en la cruz en el penal de Kamiti, sobre hojas de papel sanitario. Son apenas unos cuantos nombres de una larga relación.
Cada caso es distinto y sería absurdo encerrarlos a todos en una misma genealogía. Pero sus obras tienen una frontera común: aun cuando el poder somete el cuerpo, hay una soberanía interior que el carcelero no alcanza. Boecio afirmó la suya haciendo entrar en la celda a una mujer imaginaria.
No puedo dejar de pensar en que aquel cristiano, consciente de que podía morir en cualquier momento, no convocara en las páginas de su libro al arcángel que asistió a Mahoma ni a los ángeles que salvaron a Daniel y a Pedro, sino a la Filosofía. La obra no apela de manera explícita al cristianismo. Su visitante procede de una tradición mucho más antigua: la de Platón, Aristóteles y los filósofos de la antigüedad.
Creo que cuando llega la desgracia la primera necesidad no consiste en recibir respuestas sino en ordenar las preguntas. Es lo que hace Filosofía: no abre la puerta de la prisión. Cambia la mirada del prisionero.
Boecio fue ejecutado, no sabemos exactamente cómo. Teodorico murió poco después. El reino ostrogodo quedó en una nota al pie de la historia. El condenado, en cambio, siguió hablando a lo largo de los siglos.
Durante la Edad Media La consolación de la filosofía se convirtió en uno de los libros más leídos de Europa. Antes de la imprenta, Boecio ya hablaba en latín, inglés, alemán, francés, occitano, italiano, catalán, castellano, griego y hebreo. Pocos libros filosóficos de la antigüedad alcanzaron una difusión lingüística comparable. Generaciones que nada sabían de Teodorico o su reino, acompañaron a Boecio en su conversación con una mujer que llevaba libros en una mano y un cetro en la otra.
Hay una ironía que seguramente Fortuna bendijo: el rey tuvo el poder de condenar a Boecio, mas no pudo decidir quién de los dos sería recordado.
Dije al inicio que hay libros que se escriben para sobrevivir. Me corrijo: Boecio no sobrevivió al libro. El libro sobrevivió a Boecio: La consolación de la filosofía hoy se lee en veinte idiomas y cien traducciones completas.
6 de septiembre de 2026
juegodeojos@gmail.com




