MAR ABIERTO

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Los violentos corruptos

Édgar Ávila Pérez

“Hay que combatir la corrupción”, una frase que repiten siempre, como un mantra.

Se ha convertido, durante años y décadas, en una expresión abstracta…  tan vaga que todos la vociferan como si fuera algo natural y sencillo.

Combatir la corrupción, dicen, insisten hasta el cansancio. Y, regularmente, quienes lo gritan a los cuatro vientos, son aquellos que jamás se han adentrado a los oscuros laberintos de su combate.

Hacerlo tiene consecuencias brutales, por decir lo menos. Sobre todo–como decía el filósofo griego Platón- cuando la corrupción surge cuando el alma pierde el equilibrio entre la razón, espíritu y deseo. Y hay otros factores, una combinación peligrosa, como el deseo individual, la tolerancia social, y una debilidad institucional.

La corrupción tiene distintas formas y tentáculos: desde algo que pareciera tan sencillo como la “costumbre” en las estructuras gubernamentales, sí, la costumbre de trabajar de una forma, aunque ello implique algún tipo de corrupción y enfrentarse a esas inercias es sumamente complicado.

La vida cotidiana tolera pequeñas corrupciones normalizadas y cuando se busca romperlas, la reacción es dura.

El filósofo argumentó que una sociedad corrupta no surge de la nada, sino que es el reflejo de individuos que han permitido que el deseo de ambición y conveniencia someta a la razón.

Cuando se rompen las redes de complicidad, se impiden los privilegios o accesos y se sostiene coherencia, viene algo que pocos dimensionan realmente: las represalias de los corruptos, desde lo político hasta lo personal.

La violencia con la que actúan los corruptos es, aunque parezca paradójico, una de las más brutales, irracionales y desmedidas: cuando se ven descubiertos o amenazados en su forma de vida, responden intentando destruir todo aquello que los expone; y en ese intento, arrasan también con la confianza y el tejido mismo de la sociedad.

Por supuesto, su primera reacción es asumirse como víctimas, como si el haberlos descubierto fuera un ataque sin fundamentos; como si se tratara de una guerra sucia en su contra, de una afrenta a la que deben responder con mentiras, falsedades, engaños, inexactitudes, distorsiones, invenciones, patrañas y embustes. Incluso llegan al extremo de afirmar que exhibirlos no es un acto de rendición de cuentas, sino un intento de extorsión.

Su reacción más virulenta se dirige contra quien o quienes decidieron romper sus redes de complicidad, exhibirlos o frenarlos: campañas de desprestigio y una narrativa diseñada no solo para desacreditar, sino para destruir la credibilidad, aislar y silenciar.

Cuando son mujeres quienes combaten la corrupción, la violencia escala: se vuelve más agresiva, más dirigida y profundamente marcada por el género. Se despliegan campañas para derrumbar su honorabilidad, se les vincula de forma malintencionada con personajes o intereses, y se desacredita su trabajo hasta intentar convertirlas en el origen de todos los males de un sistema o de un grupo que busca acceder o perpetuarse en el poder.

Regularmente, esos corruptos consiguen su objetivo: mantenerse en el poder y hacer creer que ellos son los buenos, mientras convierten a “los otros” —a quienes combaten la corrupción— en los malos, los desalmados, los sin corazón.

Y así permanecen en los cargos públicos: medrando, haciendo negocios ilegales, amenazando y coaccionando, arropados por liderazgos que enarbolan el “combate a la corrupción”, pero que en el fondo se rodean y apuntalan sus carreras políticas con corruptos violentos, sin escrúpulos y con rasgos de psicopatía.

Así que, cuando pretendan emitir un discurso cómodo sobre el combate a la corrupción, piensen en sus verdaderas consecuencias y en quienes terminan diezmados por la reacción violenta de corruptos sin escrúpulos. No basta con vociferarlo: hay que asumir lo que implica y sostenerlo hasta el final.

Al final, como advertía Platón, ninguna sociedad puede aspirar a la justicia si antes no ordena aquello que la corrompe desde dentro: ese orden no nace del discurso, sino de la decisión —incómoda, costosa y muchas veces solitaria— de no ceder ante la violencia de quienes han hecho del poder su refugio.

Combatir la corrupción no es una consigna: es una confrontación directa con sus consecuencias.