Resiliencia Democrática

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Columna: Resiliencia Democrática

De la generación del 88 a la generación morena

Eduardo Sergio de la Torre Jaramillo

Esta columna nace del resultado del examen de ingreso a la UNAM, donde el uso

de la IA sin mediar la ética por parte de la mayoría de estudiantes apostó por la

trampa; jóvenes que bordean los 18 años de edad, a quienes definiré como la

“generación morena”

, y es que cuando AMLO llegó al poder, ellos tenían 10 años.

Uso el concepto “generación” como lo entendió José Ortega y Gasset, en donde

dos generaciones conviven en un mismo periodo temporal, en el cual el deber moral

de transmitir y legar valores y usos a la generación sucesora, y en palabras del

mismo Ortega y Gasset:

“Para cada generación, vivir es, pues, una faena de dos dimensiones, una de las

cuales consiste en recibir lo vivido —ideas, valoraciones, instituciones, etc.— por la

antecedente; la otra, dejar fluir su propia espontaneidad. Su actitud no puede ser la

misma ante lo propio que ante lo recibido. Lo hecho por otros, ejecutado, perfecto,

en el sentido de concluso, se adelanta hacia nosotros con una unción particular:

aparece como consagrado, y, puesto que no lo hemos labrado nosotros, tendemos

a creer que no ha sido obra de nadie, sino que es la realidad misma. Hay un

momento en que las ideas de nuestros maestros no nos parecen opiniones de unos

hombres determinados, sino la verdad misma, anónimamente descendida sobre la

tierra.”

Dado lo anterior, es pertinente comparar mi generación, que la ubico en el “88”,

como un nuevo parteaguas en el país, el cambio se produjo entre 1985 y 1986 con

tres hechos: el terremoto en la capital del país, la huelga en la UNAM, donde un

puñado de jóvenes se constituyeron en el CEU, y la gestación de la “Corriente

Democrática”, todo esto culminó en el fraude electoral de 1988.

Por aquellos años ingresé a la Universidad Veracruzana, estaba cursando el famoso

propedéutico en 1986-1987 en la Facultad de Derecho, en ese mismo edificio

estudié la carrera de 1987 a 1991, pero desde el primer año me vino la decepción

por el modelo educativo jurídico, sólo eran clases magistrales, el alumno no podía

hablar, y cuando lo hice, -siempre anteponiendo la crítica-, los maestros me

reprobaban en automático, porque era una “regla no escrita”, sólo el maestro habla;

además, repetían el iusnaturalismo priista (porque todos los maestros eran del PRI),

y lo único que te enseñan era a ser sumiso, disciplinado al sistema, convertirte en

un soldado jurídico del PRI, pero jamás crítico, cuya frase célebre usada por todos

los maestros era: “contra el sistema no puedes”.

Dado lo anterior, decidí inscribirme con la misma matrícula en la Facultad de

Sociología, donde estudié de 1988 a 1992, era un ambiente totalmente de izquierda,

de diversas corrientes: maoístas, marxistas, socialdemócratas, trotskistas; empero,siempre estuvo en permanente crisis porque el modelo del socialismo realmente

existente fracasó con la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989, incluso

hubo maestros que renunciaron, porque toda su cosmovisión era de izquierda y se

conjugó con su propia crisis personal e ideológica.

Ya como estudiante, iba a derecho de 7 a 13 o 14 horas y por las tardes a sociología

de 16 a 21 horas, y en este contexto generacional para mis compañeros era una

“rara avis”, porque para los de derecho era el “filósofo, de izquierda, crítico”, y para

los de sociología “el pequeño burgués, de derecha, conservador”; pero el apodo que

me puso el compañero de clase en sociología, que le decíamos “El Marro” fue el de

“Porfirio Muñoz Ledo”, a quien por cierto años más tarde tuve la fortuna de conocer

a través de mi amigo Fernando Coronel Landa.

Más allá de lo anecdótico, en ese sentido generacional orteguiano, ante el grupo

gobernante priista yo estaba en tensión, le preguntaba constantemente a mi padre

¿por qué el PRI era el partido hegemónico?, poco a poco en esa etapa de

aprendizaje observé que toda la cultura del país giraba sobre el priismo, como lo es

el patrimonialismo, el nepotismo, la cultura jurídica de simulación, la corrupción, el

corporativismo, una cultura política de súbdito frente al poder, y mi pulsión era

romper con esa cultura, empecé a participar en la construcción de la democracia;

por ejemplo, en la elección municipal de 1989 fui escrutador en la casilla que me

tocó votar en la calle de Basurto, en el centro de Xalapa. Con lo cual se fue creando

un ambiente donde se buscaban las libertades, y particularmente la sociedad quería

cambiar ese sistema de gobierno. Basta recordar que se produjeron luchas cívicas

muy importantes en el país, pero la democracia provino de la “matria”, de los

estados, en San Luis Potosí con el Doctor Salvador Nava Martínez, en Guanajuato

con Vicente Fox Quesada, en Baja California con Ernesto Ruffo Appel, en Nuevo

León con Fernando Canales Clariond.

Poco a poco la generación del 88 se fue construyendo desde la propia sociedad en

el arribo a la democracia, sin olvidar el rol que jugaron los intelectuales de derecha

e izquierda aglutinados alrededor de Octavio Paz y Héctor Aguilar Camín, quienes

impulsaron Foros para discutir la crisis del socialismo realmente existente, como lo

fueron el “Encuentro Vuelta”, y el “Coloquio de Invierno”, el primero en Televisa, y

el segundo en el UNAM, a ambos asistí, esa era tal mi intención de cambio en el

país que viajaba a México para estar escuchando y pensando la ruta a seguir.

Esos años estudiantiles fue ver el nacimiento del PRD, el acceso al poder de

gobernadores panistas en la democracia selectiva impulsada por Carlos Salinas de

Gortari, en el plano internacional ver la derrota en las urnas del sandinismo en

Nicaragua con Daniel Ortega, ese que cada vez se parece a Antonio Somoza, pero

en su peor versión, dentro de mi activismo académico juvenil fue organizar un Foro

en Humanidades que se llamó “Se cayó el Muro: ¿Qué hacer?”, donde invité a

historiadores, comunicólogos, sociólogos, antropólogos, economistas para analizar

ese fenómeno global.Puedo afirmar que las acciones, empuje y vocación de la generación del 88, culminó

con el arribo a la democracia en el año 2000. Donde nuestros valores fueron la

libertad, la democracia, la igualdad formal, la participación, la justicia, la tolerancia,

el respeto a la diferencia, eso es lo que ilusamente pensamos heredar a la próxima

generación.

Sin embargo, la nueva generación que no sabe el costo que significó llegar a la

democracia, que fue de sangre, sudor y lágrimas, pues al no haber sufrimiento de

las nuevas generaciones que nacieron con la democracia, las libertades, la

economía de mercado, pues la democracia se encuentra desvalorizada, primero

porque la clase política que impulsó las reformas constitucionales exigidas por la

ciudadanía en la transición a la democracia, simplemente, absorbieron la cultura del

PRI, es decir fue un triunfo cultural del PRI sobre el PAN y el extinto PRD, estos

tenían lo que acertadamente dijo Carlos Castillo Peraza “el priista que todos

llevamos dentro”, con esto se entiende la regresión en 2018, como producto del

desencanto de la democracia.

Al compararme con la “generación morena”, quienes a lo largo de estos ocho años

vieron en sus redes sociales el “Culiacanazo” en 2019, y que por “orden

presidencial” se dejó libre a Ovidio Guzmán; después vino la célebre frese de AMLO:

“a mí no me vengan con el cuento de que la ley es la ley” (6 de abril de 2022).

Quienes escucharon el Evangelio de AMLO, de “no robar, no mentir, no traicionar”,

pues la mayoría de los gobernantes de morena lo cumple al revés, basta recordar

que la reforma judicial en su aprobación en el senado se produce por una traición,

y después en la SCJN por otro traidor no se declaró inconstitucional dicha reforma.

Partiendo de todo lo anterior, esos niños, adolescentes y ahora jóvenes como

generación, ven como los “nuevos valores”, el mentir, el robar, el traicionar, el hacer

trampa, enriquecerse desde el poder (Huachicol, Segalmex), no es necesario

estudiar para estar en el poder, lo único que se requiere es lealtad, porque se puede

ser stripper, tianguista, carreras truncas, tener títulos de escuelas “Merlín”, pero que

además en cualquier ámbito la ley no importa, y esa cultura de la ilegalidad se

reproduce también en este sexenio, cuando la titular del poder ejecutivo pidió: “hay

que gobernar con sentido común y para la gente. Cuando la norma se pone por

encima de la gente y el sentido común, está mal; no cumplas con la norma, eso es

lo que te estoy diciendo”. Aquí no hubo confrontación entre estas generaciones, sino

asimilación de los valores morenistas, entonces esta generación no ha heredado lo

mejor, sino el cinismo, aquí se fusionó en un sentido orteguiano lo coetáneo con lo

contemporáneo, y eso significa que no hay innovación radical.

Finalmente, esa “generación morena” está inoculando a las personas mayores, y a

los 36 millones de personas que se están en los programas sociales, los “siervos

electorales”, cayendo en el espejismo de la numeralia de una salida súbita de la

pobreza, pero que, al quitar esos programas sociales, regresarán a su condición de

pobreza. Regresando al tema de la IA con la “generación morena”, se advierte que

la idea de éxito será a través de los antivalores morenistas